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Desafío K2 (IX) | ROSA FERNÁNDEZ
Con Dorchi

Con Dorchi

Hemos llegado a Skardu. Aunque el viaje se hizo pesado (30 horas de bus por carreteras infernales) al menos hubo tiempo para ir conociéndonos y empezar a construir un espíritu de equipo que más adelante puede sernos útil.

El caos, Luo y yo

El caos, Luo y yo

Hay otras dos chicas en el grupo: una canadiense a la que no conocía y Luo, de China, con la que escalé en el Manaslu y que ahora se va al Broad Peak. También está aquí Philip, un francés con el que ya coincidí en el Kangchenjunga.

Los paisajes del Baltistán son impresionantes, incluidas las vistas al Nanga Parbat que pudimos disfrutar. La propia ciudad de Skardu, bulliciosa y desmañada, tiene también su encanto. Aquí chocan dos fuerzas de la Naturaleza: el Karakórum, que ya domina todo el horizonte Norte, y el poderoso Indo, que corre de Este a Oeste recogiendo el deshielo de la cordillera.

El grupo de sherpas

El grupo de sherpas

 

Hoy hemos descansado y pudimos aprovechar para organizar las mochilas de porteo y hacer las últimas compras. Esto justifica el estado de caos en que está la habitación que comparto con Luo; todo patas arriba, tal parece que acaba de pasar un huracán por aquí.

Mañana continuaremos viaje, o quizá pasado, ya que aún hay papeles que arreglar. Las carreteras irán todavía a peor a medida que nos acerquemos a nuestro próximo objetivo: Askole, a 3000 metros de altitud sobre el nivel de La Escalerona, quiero decir del mar.

De compras

De compras

En este punto tocará vestirse de abrigo, calzarse las botas (que acabo de comprar en Skardu) y caminar durante una semana ganando una media de 400 metros de altura cada jornada hasta llegar al campo base del K2.

Parece que los problemas en Islamabad fueron generales y todo el mundo está contrariado porque vamos un poco retrasados. Pero yo ya estoy en “modo Zen” y me autoprohíbo cabrearme más; lo haré lo mejor que pueda cada día, cada hora, cada minuto… Ni me inquieta aún el “pasado mañana” ni me preocupa ya el “anteayer”.

Un abrazo a todas y todos desde el mismísimo felpudo de la puerta de entrada al Karakórum. “Toc, toc; ¿se puede?”.