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Desafío K2 (XIX) | ROSA FERNÁNDEZ

Abandono el K2. La montaña nos habla alto y claro, “aquí ya no pintáis nada”, dice. Y sería una locura imperdonable hacer oídos sordos. Pudo darnos una oportunidad y no quiso; también pudo matarnos y no lo hizo. Otra vez será.

Nuestro techo: 7000 metros, algo por encima del Campo 2

Nuestro techo: 7000 metros, algo por encima del Campo 2

Esperábamos una señal, un susurro de la montaña que nos mostrase un camino, el que fuese. Y lo tuvimos. Ayer apenas amanecía cuando caminábamos hacia la base del Espolón de los Abruzzos. Y entre el caos de bloques de hielo y roca de una reciente avalancha vimos que el K2 había devuelto un cadáver. Imposible saber a qué altura se encontraba ni cuantos años llevaba cautivo de aquellas nieves. No tenemos autorización para tocar, ni mucho menos recuperar, los cadáveres encontrados en la montaña, solo para informar al oficial pakistaní al mando y que las autoridades inicien los protocolos pertinentes. Silencio gélido, miradas hundidas… seguimos caminando. Apenas quince minutos después, doscientos metros más allá, ante nosotros descubrimos la cabeza de un hombre. Surgen las mismas preguntas. ¿Quién fuiste, compañero? ¿Cuándo ocurrió? ¿Cómo? Así habla el Karakórum.

Aunque maltrecho hemos recuperado algo de material excavando en el Campo Base Avanzado. Subir a los Campos 1 y 2 ni se planteó pues más que un riesgo esto sería un seguro de desastre. Tenemos un tiempo raro: calor, lluvias y extrañas nevadas pasajeras. Este año las cumbres del Baltoro permanecerán invictas.

Mientras desandamos el glaciar, ligeros de equipaje con las cuatro cosas que las montañas nos permitieron conservar, a nuestras espaldas siguen sobresaltándonos los estampidos roncos de nuevas avalanchas. Parece que el Broad y el K2 se comunican entre sí con rugidos, como leones triunfantes. Reclaman quedarse en soledad y vamos a concedérselo.

Vuelvo a casa.