Se acabó el sueño. Amargo despertar; no fue posible.

Aquí la última palabra la tiene siempre, siempre, la montaña; y ha sido un NO rotundísimo. La noche del día 17 estábamos en el Campo 3 a 7200 metros de altura después de una subida dura pero limpiamente ejecutada con escalas y noches en los campos 1 y 2.

En el Campo 3 nos encontramos destrozos del viento y material perdido por lo que tuvimos que apretarnos en las tiendas que aguantaron, sacrificando comodidad y descanso. Pero conservábamos toda la ilusión y la esperanza de que se cumplieran los pronósticos y el viento remitiera.

El plan era pisar la cumbre del Dhaula en la madrugada del día 18. Alrededor de la medianoche del 17 era el momento de empezar a escalar. Pero para entonces el viento en vez de aflojar había aumentado. Aguantamos un par de horas confiando en un cambio de las condiciones meteorológicas… y un par más esperando ya un simple milagro… que nunca se produjo.

Agotados y con toda la tristeza del mundo tuvimos que tomar la única decisión posible: vivir. Salir para cumbre en aquellas condiciones y tan tarde, o simplemente quedarse más tiempo por encima de los 7000 metros arriesgándonos a que la montaña nos cortase incluso la retirada no tenía sentido.

Decepcionada pero al fin y al cabo sana y salva descendí del tirón hasta el Campo Base. Es una pena, :e quedo con la sensación de haber tenido esta cumbre al alcance de la mano. Pero en el último momento el Dhaulagiri subió la apuesta exageradamente. Y yo sigo teniendo claro que vengo al Himalaya a escalar, no a hacer disparates, ni a perder la cabeza, ni a pretender que dos y dos sean cinco.

Qué lástima. Ahora necesito un par de días para “recargar”… dormir, comer, hidratarme… pensar.

Enhorabuena Dhaula; bien jugado.