cima-Makalu

El día 19 de mayo estábamos en nuestras tiendas, a 7300 metros, ya por encima del collado conocido como MAKALU LA, todos los que salimos del campo base el día 17, los dos mejicanos Mauricio y Badia, el gijonés Nacho Orviz, y yo Rosa Fernández además de nuestros cuatro sherpas.

Este precario campo de altura es el mas alto que hemos podido mantener a duras penas, con las tiendas semi-destrozadas por los vendavales.

Durante todo el tiempo, los vientos han sido tan fuertes y constantes que nos han impedido pasar de aquí, ni instala los cuatro campos que habitualmente se colocan en esta montaña. Solo tenemos dos, el primero a 6600 metros, y la estancia en la montaña por cierto nada cómoda, se ha alargado casi dos meses.

Las pocas expediciones que nos acompañan en el campo base, ya se han ido. Estamos solos aquí arriba, y allí abajo solo nos espera nuestro cocinero y algunos porteadores.

El día 19 a las 19 horas salimos hacia la cumbre, la noche es oscura y sin luna, a 7700 metros hay una complicada zona de seracs en la que la única orientación es encontrar una cuerda fija que sabemos hay colocada. Durante dos horas estamos perdidos y nuestras esperanzas se esfumaban, al fin encontramos la cuerda y pudimos continuar.

Con la ilusión de que al amanecer mejorase nuestra visibilidad ascendemos hasta la arista cimera, pero amanece con niebla, nuestra visión no va más allá de unos 50 metros.

Desde este punto quedan unas tres horas de terreno mixto. Mi serpa Dawa y yo vamos por delante. La arista es delicada, nieva, el viento se hace presente y además aquí no hay cuerdas de protección.

Alcanzamos la primera antecima, quedan menos de 200 metros, el recorrido es un abismo. Con una cuerda de 60 metros que llevamos y un viejo trozo que recuperamos, de unos 230 metros, equipamos el tramo mas comprometido que nos dejaba a unos 40 metros de la cumbre. De pronto oímos un grito de alegría. Hay dos alpinistas arriba, llegan por el pilar oeste, ruta opuesta a la nuestra, con la que coincide únicamente en la cima. Son de una expedición de Kazastan y al menos uno de ellos es ucraniano. Sobre las 10 de la mañana del día 20, Dawa y yo pisamos la cima, un vértice afilado, en el que apenas cogen dos personas, a las que no les inquiete el vértigo. Abrazos, lágrimas, sonrisas, la emoción del momento no la olvidare nunca. Nos hacemos fotos con los kazajos, Dawa me apura, el tiempo empeora, iniciamos el descenso, que no va a ser nada fácil, cada uno por su ruta.

En la arista después de descender de la antecima encontramos el resto del grupo, me felicitan y yo les animo, la cumbre esta cerca. Nieva copiosamente, y hay que abrir una profunda huella, unos 50 centímetros de nieve fresca han caído sobre la nieve helada, el riesgo de caídas aumenta. La huella de ascenso se ha tapado, y no encontramos la ruta. Hay un laberinto de seracs y solo una salida nos llevara a las tiendas. Fueron momentos muy duros, me vencía la idea de que no podríamos salir de allí. Milagrosamente, sobre las seis de la tarde, se abrió un importante hueco en la niebla, y acertamos a encontrar la vía de descenso. Nuestros compañeros aun no estaban a la vista, pero nuestra huella les ayudaría a encontrar el buen camino.

Sin haber comido nada y con el agua congelada, a las 19 horas, alcanzamos las tiendas a 7300 metros ya oscureciendo. Han sido 24 horas sin descanso. Tengo los ojos quemados por la ceguera de las nieves, solo distingo bultos informes claroscuros. Imposible dormir por el dolor en los ojos, y la incertidumbre de la fortuna de mis compañeros a los que envuelve la noche sin llegar a las tiendas. Al amanecer, felizmente, están aquí. Mauricio y uno de los Serpas tienen congelaciones en los dedos, pero no hay tiempo, descansan un par de horas y continuamos el descenso hasta el campo base. Con mi ceguera y la cantidad de nieve caída, el sufrimiento y el peligro son sensaciones que me invaden a partes iguales. A pesar de las calamidades, damos gracias a Dios por habernos permitido salir de la emboscada que la montaña nos había tendido.