En 2015 tuve la suerte de formar parte del I Reto Pelayo Vida. En aquella ocasión un grupo de mujeres que habíamos padecido cáncer logramos llegar a la cumbre del Kilimanjaro, el punto más alto de África.

En ediciones posteriores el Reto Pelayo Vida siguió dando la oportunidad a mujeres deportistas de hacer visible su lucha contra el cáncer y de enviar a la sociedad un mensaje de esperanza.

Caminando por el Polo, cruzando a vela el Atlántico o pedaleando en el Himalaya esta iniciativa singular e impagable siguió creciendo y consolidándose año tras año.

En 2019 sus promotores decidieron regresar a la alta montaña planeando una expedición en Los Andes. Y fue entonces, a primeros de año, cuando recibí sorprendida y feliz la propuesta de embarcarme como directora deportiva en el proyecto.

No hace falta decir que acepté de inmediato, asumiendo desde el minuto uno la responsabilidad social, humana y deportiva que esto implica e imponiéndome el desafío de estar a la altura del legado dejado por los anteriores directores deportivos: Ismael Santos (Kilimanjaro 2015), Diego Fructuoso (Transatlántica 2016), Ramón Larramendi (Polar 2017) y Miguel Silvestre (Annapurna Bike 2018).

Agradezco enormemente la oportunidad de volver a formar parte del Reto Pelayo Vida y puedo asegurar que toda mi energía, entrenamiento y experiencia estarán al servicio del éxito de esta nueva aventura y de las mujeres que la protagonizarán.

Mil gracias; vamos a demostrar una vez más que puede haber infinitos horizontes y mucha vida después del cáncer.